
Que, en términos freudianos, no es sexo, sino una ausencia, la máscara anatómica del vacío como un fatal designio de la naturaleza. Que no nace, sino se hace; que es el segundo sexo –Beauvoir
dixit. Que la distinción entre lo masculino y femenino resulta falaz como substancia; que deviene construcción social, ideológica, moral. Que no es sexo, sino género, performatividad…
Mujer-inmersiónLa feminidad se presenta, como en todo acto social, bajo la rúbrica de un rito de iniciación. Y es, como todo rito de iniciación, una fase previa hacia la cohesión, la integración al grupo. A la sombra de lo legal, lo jurídico, las instituciones que norman las relaciones interpersonales, esta mujer es, sin embargo, más tajante, más inexorable. (Es un reduccionismo trillado ver en ella un espejo de la voz autoritaria, fálica). Sabia, conocerla es estar en el mundo, domeñar los vaivenes de las querencias, siempre histéricas y obsesivas. Su sexo, es decir, su fisonomía, rezuma fertilidad. En su género se observan las implosiones cavernosas, la verdadera adrenalina liberada en un
sí o en un
no: “El hombre llega hasta donde la mujer quiere.” Sin saberlo, detenta un poder, la legitimidad que le otorga, según algunos buenos modales, su función biológica como dadora de vida. No es, por otra parte, el castillo de la pureza, sino el puente que comunica subrepticiamente a la entereza con la indecencia. La insolencia de ser mujer en un mundo dominado por hombres.
Si, como dice Freud, hay una sola libido (la fálica, centrada en la fuerza masculina), la mujer es, entonces, una especie de espejismo, un virtuosismo de la naturaleza que nos permite vislumbrar y hacer patentes ciertos matices de la materia, aquellas sutilezas de las formas percibidas como femeninas y, por ende, como bellas. Las implicaciones de esta lógica son devastadoras: no hay masculino ni femenino. Todo es un fluido constituido artificiosamente por múltiples gradaciones, perceptibles apenas por un consenso débil, variable, viciado de origen. No hay, así, represión masculina sobre la condición femenina; y toda lucha por el poder entre los sexos resulta absurda. La hipótesis inversa es también interesante: es la inmersión femenina en los linderos masculinos lo que podría evidenciar su carácter sexuado
per se. Su tácita invitación al goce no es sólo una misión biológica, sino la perpetua reconciliación de los opuestos, la desgracia evolutiva y social (del Mal) que nos forma a unos como simiente y a otras como semillero. La imposibilidad de ser inmersos e integrarnos al grupo, al Bien.
Ni incapacitada ni reprimida, la mujer es la conciencia más presente de nuestra finitud y su afirmación y, a veces, su negación.
Mujer-seducciónPero lo femenino parece siempre estar en otra parte. Esta mujer es un principio de incertidumbre y, en tanto que tal, desestabiliza suavemente toda nuestra regularidad cotidiana. Embarga y cautiva el ánimo al atraer sin buscar. Es una fuerza impersonal que nace virulentamente en el cuerpo, voz y movimiento de esta o aquella figura. Es un contorno cuyos límites y estragos parecen transfigurarse en la verdad sensitiva de los fenómenos: las apariencias. La seducción pertenece al reino de las apariencias. Es una feminidad cuya base resulta de una emanación, una proyección de lo masculino, una cinestesia continua de ese substrato irreductible que hemos construido como seres sensuales. La masculinidad como un recipiente, un cuerpo deseante, configurado a partir del orden, la institución, la ley, de todo discurso impositivo y hegemónico que se ve obligado, como ejercicio de válvula de escape, a ceder, a abrirse en un resquicio por donde cabe el mundo entero. Lo femenino no existe sino como contingencia.
Se puede idear un corolario a partir de la frase “la mujer no sabe lo que quiere”. Es la seducción femenina quien lo sabe y es probable que lo obtenga. No es propiamente un sujeto intelectual en el sentido cognoscitivo, sino un ente parte corporalidad y parte inmaterialidad capaz de ventilar la violencia latente, la ferocidad que instintivamente anidamos. Su inteligencia es salvaje, mas no torpe. No es objeto, sino un ego que es toda veleidad. La seducción de la feminidad, o la feminidad seductora, trasciende las clasificaciones psiquiátricas de las preferencias y/o orientaciones sexuales: homosexuales, bisexuales, heterosexuales, todos son desbordados por ese río de pasión conjugado en el juego de las atracciones y los afectos. (La hipermodernidad nos ha dejado claro que la feminidad no es ya más un atributo exclusivo de las mujeres). De ahí que la mujer no sea sino un símbolo que representa una noción de fuerza endilgada por algunas civilizaciones durante siglos y siglos al subalterno, al otro, “enemigo”, aunque íntimo. No se trata, sin embargo, de la alteridad política, de la autonomía, de la diferencia, del deseo y el goce específico, del otro uso del cuerpo, la palabra y la escritura. No se trata tampoco de la búsqueda de la liberación sexual y de derechos civiles. Se trata, más bien, de la indeterminación, del juego infinito de la mismidad, perpetuada como en un fenómeno de refracción que trasciende el rol de género, la clase social, los preceptos religiosos. Es el caos congénito en toda aventura humana.
La mujer-seducción es una suerte de pararrayo sexual y es, no obstante, más crucial que el amor, más embriagante que el sexo; es la fascinación, el hechizo erótico mismo.
Mujer-transacciónHa sido virgen, madre, musa, ídolo, diosa y puta, pero jamás –dice el reclamo feminista— ha sido ella misma, como si todo hubiese sido una perversión de una esencia que habría salido a flote a mediados del siglo XX. Hastiada de atributos, funciones, símbolos, hoy ha querido dejar de constituirse como objeto para perfilarse como sujeto: la pasividad frente a la actividad. Es irónico que, en tiempos de crisis de eso que entendíamos como sujeto, parezca no haber más salida que deconstruir toda noción de centro, unidad y autodeterminación. ¿Qué significa hoy decir “yo soy”? Si el espectro femenino (en suma, humano) no es más que una cierta disposición de discursos en un concierto de voces heteróclitas, no hay, pues, tal perversión ni máscaras ni deformaciones, sino el mejor de los sexos posibles. En esa dialéctica zigzagueante entre el objeto y el sujeto, bien podríamos aclimatarnos a lidiar con esa moneda de cambio significada en las presumibles identidades que otrora defendíamos y, así, renunciar a toda voluntad de identidad. Bien podríamos, para completar la fábula, aclimatarnos en el amor a la perversión ahí donde no hay nada que pervertir, a los rastrojos de eso que llamábamos
mujer –u
hombre.